lunes, 6 de diciembre de 2010

Confusión

Te muerdes el puño y te haces daño. Te da igual, además así evitas hacerte daño en la mano por golpear algo.
Te muerdes la lengua y los labios ahogando gritos y gemidos de rabia. Te da igual, si los hubieses dejado salir, ahora estarías muda de lo mucho que tienes que decir.
Te tapas la cabeza con la almohada intentando callar todas las ideas que se te pasan por la mente. Te falta el aire y te cuesta respirar, pero prefieres eso a verte cegada por una luz inexistente en la oscuridad de tu cuarto.
Vuelves a sacar la cabeza del revoltijo que son ahora tus mantas. Las aprietas con rabia y das vueltas en la cama. No llores, no vas a llorar, te lo tienes totalmente prohibido, total, ya te sientes lo suficientemente patética como para encima sentirte débil.
Te suena el móvil y a los pocos segundos la luz y el sonido de una llamada entrante cesan. No lo miras. Prefieres no saber quien es aunque la duda te tenga en vela toda la noche.
Tienes ganas de darte de cabezazos con la pared y de destrozar algo. No lo haces. Te quedas lamentándote en la oscuridad de tu habitación, apretando las sábanas, mordiéndote la lengua y con los ojos irritados.
Suspiras e intentas serenarte, cierras los ojos en busca de un sueño que no va a llegar esa noche.
Sigues moviéndote entre las sábanas y te frustras y te confundes y te sientas patética, y eso te da rabia.
Tienes el estómago revuelto, pero no piensas salir de esa protección ilusoria que te dan las sábanas de tu cama.
Porque no tienes ganas de ver la realidad.
Porque prefieres seguir pareciendo patética mientras estás escondida en la calidez de tu cama y seguir dando vueltas en la cama, mordiéndote los labios y apretando las sábanas.
Porque te sientes confusa.
Porque no sabes lo que quieres ni lo que quieren de ti.
Porque por una puta noche vas a dejar de hacerte la valiente y vas a seguir dando vueltas en la cama, apretando las sábanas y mordiéndote los labios.
Porque no tienes ganas de nada. Y tienes miedo. Y te sientes patética.
Y sobre todo, porque esa noche estás confusa y todo te parece una jodida mierda.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LLuvia

Sigues las gotas con la mirada. Se deslizan por el cristal siguiendo un camino irregular, nunca sabes donde acabarán. La intentas seguir con la yema del dedo pero siempre se te escapa. Rebelde. Independiente.
Tienes el estómago revuelto y te tiemblan los labios, pero no lloras, sigues siguiendo esa gota indomable a lo largo del frío cristal.
Intentas no llorar, ni sonreír, te conformarías con controlar tus emociones como una jodida autómata. Pero no puedes, y eso te fastidia. Te centras en la jodida gota que sigue un descenso lento y a medida que avanza, la expresión de amargura que se dibujaba en tus ojos se va disipando.
Van llegando otras gotas, nunca te fijas de donde salen, ni que camino recorren antes de llegar a unirse con esa gota solitaria, pero llegan, y acaban formando parte de un todo.
Sonríes por inercia, esa unión de gotas solitarias van tomando velocidad hasta llegar al final, aunque ese final sea el marco de la ventana de tu cuarto en un día de lluvia.
Entonces la presión en tu estómago desaparece, los labios te dejan de temblar y pintan una sonrisa, sigues sin llorar pero ya te da igual.
No te hace falta ser un genio. Te echas el pelo hacia atrás y suspiras, y sigues sonriendo como una idiota. Sabes que esa gota solitaria , no se diferencia mucho de como te encuentras a veces, pero da igual, al final y sin saber de donde han salido, se te unen un montón de gotas que te hacen ser más grande y llegar al final. Aunque ese final sea el marco de la puta ventana de tu cuarto.

miércoles, 16 de junio de 2010

El primer cambio de Ian

Cuando el pequeño Ian nació, fue una alegría para todos los conocidos de Aiden y Zoe Nicholson, ya que el matrimonio llevaba mucho tiempo esperando un hijo.
El señor Nicholson, respetado empresario, sabía que su niño llegaría a ser alguien grande y la señora Nicholson, conocida veterinaria, creía que sería alguien muy querido. ¡Oh! Pobres idiotas... Desde luego, nadie podía estar más equivocado.
Es cierto que de pequeño Ian era bastante alegre y, aunque no era muy cariñoso, tampoco era excesivamente arisco. Ni los señores Nicholson, ni nadie que conociese al niño sabía que había pasado, pero hubo un momento en el que la actitud de Ian cambió.
Era el primer día de en la escuela del niño y todo estaba yendo con bastante normalidad. Su padre lo había ido a llevar prometiéndole ir a buscarlo, la directora los había recibido y después habían hecho grupos y los habían llevado a las aulas. A Ian lo habían sentado en una mesa con una niña y otros tres niños. La señorita acababa de llegar y en ese momento se estaba presentando.
- ¡Buenos días! Soy la señorita Francis Dodge. Sé que para todos es vuestro primer día aquí en la escuela, así que para que nos vayamos conociendo lo mejor será presentarse. ¿Alguien se anima a empezar?- Ningún niño se movió.- Bueno, entonces empiezo yo. Me llamo Francis Dodge y tengo 30 años. Lo que más me gusta es ir a la playa y los menos son las serpientes... sí, odio las serpientes.
Después de esa leve presentación uno por uno los niños fueron haciendo lo mismo y al cabo de un rato le tocó a la última mesa, la mesa de Ian.
La señorita Dodge hizo un gesto con la cabeza al niño que estaba frente a Ian. El chico hizo una mueca de disgusto y empezó a hablar.
- Me llamo Paul Rogers. Como todos los niños tengo 5 años. Me da asco estar aquí porque a todos los niño que he escuchado hablar son unos mimados y también odio a las mujeres porque mi madre abandonó a mi padre hace un año. Me gusta el chocolate.
La señorita Dodge se quedó un poco sorprendida, ya le habían avisado que había un niño más inteligente de lo normal en su clase, pero no sabía que tenía tan malas pulgas. Negó con la cabeza e intentó relajar la tensión que había en la clase.
- Bueno, la chica que está sentada a su lado, ¿cómo te llamas?
- Me llamo Nichole Bergman. Vivo sola con mi madre, nunca he conocido a mi padre y ya odio a Paul por odiar a las mujeres. Todavía no he cumplido los 5 años.
La maestra se pasó una mano por la nuca y rió nerviosa, aquella mesa de niños era muy rara.
- Antes de que me señales me presento yo. Me llamo Eric Scott. Lo que más me gusta del mundo es la música que escucha mi padre y lo que más odio es escuchar Hannah Montana cuando mi hermana mayor la pone
Francis suspiró, aquello parecía estar volviendo a ir por buen camino.
- Yo me llamo Frank Lange. Me gusta pasar los fines de semana con mi madre y odio a la nueva novia de mi padre, es tonta.
- Yo... soy el último. Me llamo Ian Nicholson y lo que más me gusta es pasear a mi perro y yo... odio que me toquen mucho tiempo.
La señorita suspiró, por fin el suplicio de escuchar aquella mesa había pasado.
- Bueno niños, ahora que ya nos conocemos un poco mejor podéis poneros a jugar hasta que llegue la hora del recreo.
Ningún niño en la mesa de Ian hizo ningún amago de moverse. Paul y Nichole miraban cada uno a un lado, parecían enfurruñados. Eric había enterrado la cabeza entre sus brazos y parecía dormitar y Frank estaba repantigado en la silla mirándolo todo con cara de fastidio. Ian tragó saliva, ya iba siendo hora de hacer amigos.
- Entonces... ¿ninguno de vuestros padres están juntos?
Frank resopló fastidiado.
- No, mis padres están divorciados.
- Ya lo dije antes, mi madre nos abandonó a mí y a mi padre, por eso odio a las niñas...
- Eres tonto.- Paul levantó la vista y miró a Nichole.- Tienes que odiar a los hombres, que yo a mi padre no le he visto ni la cara.
Paul resopló fastidiado y le sacó la lengua la chiquilla, la cual giró la cabeza indignada.
- ¿Y tus padres, Eric?- Preguntó Ian.
- Bueno, yo tengo dos padres. Se llaman Josh y Lewis. ¿Y tú?
- Mis padres están casados y llevan juntos más de 8 años... creo.
Frank lo miró con el ceño fruncido
- Ya verás como algún día se cansan y se divorcian.

oOoOoOoOoOoOoOo

Aiden Nicholson estaba esperando a Ian en la puerta del colegio cuando lo vio salir con otros 3 niños y 1 niña. Su hijo se despidió de los que supuso, eran sus nuevos amigos, y se fue tranquilo al encuentro de su padre.
Se montaron en el coche y Aiden le preguntó a su hijo como le había ido el día.
- Pues nada, lo normal... Nos han presentado a muchos niños y yo me he sentado con los cuatro niños con los que me has visto. Se llamaban Paul, Eric, Frank y Nichole.
- ¿Y te llevas bien con ellos?
- Sí, son divertidos... Además Nichole y Paul ya se odian. La verdad es que son los cuatro un poco raros.
- Pero, ¿has aprendido algo hoy?
Ian se quedó un momento pensando con el dedo puesto en la barbilla.
- Sí, que el matrimonio no existe... que mamá y tú os vais a separar algún día y que no me pienso casar nunca...
El señor Nicholson tuvo que pisar el freno y parar el coche para no estamparse con el poste de teléfono que tenían enfrente.
Se giró un poco y miró a su hijo con los ojos muy abiertos. Esa era la primera vez que alguien lo dejaba tan sorprendido, y aquello, solo era el comienzo.