Es cuando tu cabeza comienza siempre pensar en la misma persona cuando realmente te das cuenta de que te has perdido. El más triste y remoto pensamiento te trae su recuerdo e incluso las cosas bonitas traen su nombre en susurros. Los sueños proyectan imágenes de una fantasía idílica que nunca vivirás.
El frío te hace pensar en su calor, el calor en la forma de arder juntos. Los océanos te recuerdan a las montañas y los ríos te cantan la melodía del campo, todo te lleva a pensar en la naturaleza, en la vida, en tu vida, y quizás en tu vida compartida con la de otra persona.
Cada paso, cada pedazo de historia, cada película, incluso una mísera melodía te trae en susurros su nombre. No grita, eso sería demasiado imprudente y sólo ocurre cuando te enamoras y, de momento, es algo que ves lejos de tu alcance.
Ya te has resignado, realmente te has dado cuenta que no puedes hacer nada contra ello, y maldices. Maldices el día en el que su nombre se quedó allí, escrito en cada ala de las mariposas de colores y suave movimiento que habitan en tu interior.
