jueves, 20 de octubre de 2011

Es cuando tu cabeza comienza siempre pensar en la misma persona cuando realmente te das cuenta de que te has perdido. El más triste y remoto pensamiento te trae su recuerdo e incluso las cosas bonitas traen su nombre en susurros. Los sueños proyectan imágenes de una fantasía idílica que nunca vivirás.
El frío te hace pensar en su calor, el calor en la forma de arder juntos. Los océanos te recuerdan a las montañas y los ríos te cantan la melodía del campo, todo te lleva a pensar en la naturaleza, en la vida, en tu vida, y quizás en tu vida compartida con la de otra persona.
Cada paso, cada pedazo de historia, cada película, incluso una mísera melodía te trae en susurros su nombre. No grita, eso sería demasiado imprudente y sólo ocurre cuando te enamoras y, de momento, es algo que ves lejos de tu alcance.
Ya te has resignado, realmente te has dado cuenta que no puedes hacer nada contra ello, y maldices. Maldices el día en el que su nombre se quedó allí, escrito en cada ala de las mariposas de colores y suave movimiento que habitan en tu interior.

jueves, 13 de octubre de 2011

Timidez

Buscas una cabeza, una mirada, una sonrisa entre toda esa marea de gente que no conoces de nada. Nadie se acerca, nadie pregunta, aquí a nadie le preocupa si estás bien o no. Eres una desconocida, una extraña, casi un estorbo entre todas esas personas a las que no conoces de nada. No te atreves a acercarte a nadie, ya hay grupos, ya hay amigos, la extraña eres tú. Tú eres ese ser pequeño, ese parásito que ha invadido su mundo. Así que no, no esperes que se acerquen a ti, porque no lo van a hacer.
Te resignas, aguantas la mierda que se te pasa por la cabeza y tragas. Cada vez queda menos para que se acabe ese día de mierda que te deprime. Cada vez menos.
Puede que mañana la sonrisa que te pintes conquiste por fin a alguien y así, al menos, seréis dos seres buscando una cabeza, una mirada, una sonrisa, entre toda esa marea de gente a la que no conoces de nada.

lunes, 4 de julio de 2011


Cierras los ojos con fuerza mientras se acostumbran a la luz detrás del cristal oscuro de tus gafas de sol. Acababas de colocártelas porque al abrir los ojos te has encontrado directamente con el sol incandescente maltratando de pleno tus pupilas. El tío con el que te enrollaste anoche está tirado en el césped y tú sigues mirando desde la tumbona aquel desastre que hicisteis anoche. Hay botellas en toda superficie plana que alcance a la vista, personas tiradas en cualquier rincón del jardín y prendas de ropa esparcidas por las sillas y tumbonas.
Te levantas sin acordarte bien de lo que hiciste anoche, el sol sigue maltratando tus pupilas y la cabeza te da punzadas después de esa noche desenfrenada. Buscas un cigarro entre las prendas que encuentras tiradas por ahí. El que a ti te quedaba ya te lo acabaste ayer liando porros de maría. Te miras al espejo con el cigarro colgando de los labios. Con el pelo revuelto, lo ojos ojerosos y rojos y aquel chupetón del tamaño de pulgar, tienes un aspecto más que deplorable. Vas al lavabo a adecentarte un poco y después a la cocina a buscar algo comestible para entretenerte de camino a tu casa.
Pasas por el salón de camino a la puerta y ves a tu mejor amiga durmiendo de cualquier manera encima del sofá. Sonríes sabiendo que a lo largo de esa tarde te llamará para contarte alguna locura que habrá hecho esa noche. Abres la puerta y sales a la calle mientras el sol maltrata tus pupilas. Tu mente sigue rememorando aquella llamada histérica que te hizo el día que amaneció sin bragas y no sabía por qué. Te reíste en su cara y le dijiste que para la próxima vez se controlase con el vodka.
La gente te mira con extrañeza por la calle. Tienes el pelo revuelto y enredado, el maquillaje corrido y la ropa arrugada y desmejorada gracias al baño que os disteis en la piscina a altas horas de la madrugada. Pareces una loca riéndote sola por las calles mientras rememoras las miles de historias y relatos que has vivido en el instituto y te comes un par de magdalenas como si se te fuese la vida en ello.
Llegas al final de la calle y te das la vuelta mirando a la casa donde has pasado esa última noche. El lugar está enmarcado por un halo de desastre que se intuye desde el lugar en el que te encuentras y el sol le da de pleno iluminando las tejas rojas en una tonalidad especial mientras que el blanco brilla luminoso maltratando las pupilas.
Te das la vuelta y sigues el camino a casa pensando en lo brutal que ha sido la fiesta de despedida que habéis tenido para celebrar el acceso a la universidad. Tus amigos son unos salvajes y no eres capaz de hacerte a la idea de cómo serán cuando vayan este año a la universidad.
Atrás dejas un pasado brillante, unas historias blancas y un cariño que maltrata tus pupilas. Sigues caminado y miras a través del cristal oscuro de las gafas de sol. El camino es oscuro, al igual que el futuro que todavía no conoces, pero algún día esperas poder volver de otra fiesta sin gafas de sol, con algunas amistades nuevas además de las existentes y con un pasado igual de brillante y un cariño igual de jodido que maltrate tus pupilas. Como el molesto sol que brilla incandescente maltratando tus ojos a través del cristal de las gafas de sol.

lunes, 31 de enero de 2011

Decisiones

¿Blanco o negro? ¿Decir sí o no? ¿Quedarse o estar de paso?

Repiqueteas el bolígrafo contra el cuaderno sin ser capaz de concentrarte. Sabes que te has metido en algo que va más allá de lo que puedas entender y no sabes que elegir. Te dejas llevar de vuelta al pasado y te das cuenta de que hace dos días estabas metida en otro dilema moral que (en ese momento) era todo tu mundo.

Dejas el bolígrafo encima de la mesa y te levantas de tu escritorio dejando el libro de historia abierto. Deberías estar estudiando, pero las monarquías españolas no es algo que te interese mucho en ese momento (y nunca, tienes que reconocerlo). Sales de casa y le dices a tu madre que volverás pronto, que vas a despejarte un poco porque llevas toda la tarde estudiando. Mentira, llevas toda la tarde pensando en algo que (probablemente) dentro de una semana te va a parecer una gilipollez.

Te sientas en el columpio de ese parque solitario al que solo van algunos niños a jugar al fútbol. El movimiento te relaja y te dejas llevar. Piensas que así encontrarás una solución a ese problema que (lo dicho antes) será una gilipollez a día de mañana. Pobre ilusa, por muy pequeña que sea esa duda, siempre habrá peros que te hagan la vida imposible. Suspiras con frustración. Como te suele pasar, el vaivén del columpio no te ha dado la solución y se te ha hecho tarde. Vuelves a casa a paso tranquilo y con las manos vacías. No tienes una respuesta al problema por el que llevas bloqueada toda la tarde, pero después de dos horas con la mirada perdida en tus pies balanceándose te das cuenta de que es una tontería. Con lo paranoica que eres mañana te levantarás con otro dilema diferente.

Sonríes al entrar a casa, es invierno y en la calle hace frío, además tienes hambre y tu padre te está haciendo la cena. Vuelves a tu cuarto y dejas la historia a un lado, total, ya es tarde y no vas a estudiar nada. Te acuestas ya sabiendo la decisión que tomar para ese pequeño (pero ahora grande) dilema. Y sonríes, porque sea lo que sea que hayas decidido, sabes que no te vas a arrepentir. Después de tanto pensar nunca te arrepientes.

Y sueñas y por la mañana te levantas con un problema resuelto y una idea que se convertirá en otro problema. Solo es cuestión de tiempo.